Entiendo
la palabra Nación como fenómeno socio-político.
Afirmaciones
como “los costeños son perezosos”, “los paisas son avispados” o “los ingleses
no cocinan como gente civilizada”, si bien no son enunciados científicos,
cuentan con una aprobación íntimamente relacionada con la génesis estadística
de tales juicios de valor. Aunque el desconocimiento común del valor del
trabajo no es suficiente para construir una nación, me atrevo a decir que ese
tipo de rasgos estandarizados sí generan vínculos sociales (insuficientes de
por sí para un proyecto estatal).
Los
tiempos han cambiado. Hegel habló del espíritu nacional haciendo referencia a
las costumbres que dan carácter a un pueblo y esto ocupó un puesto importante
en su pensamiento. Las guerras mundiales fueron en parte consecuencia del
salirse de control de las políticas nacionalistas a las que no ayudó en nada la
iniciativa propagandística de las potencias, que concluyó en el apoyo masivo a los
bombardeos y el desarrollo de bombas. La vigencia de la exaltación del carácter
nacional empieza a morir cuando el mundo acepta el error (por sus
consecuencias) e inician políticas pro-tolerancia que van de la mano con el
proceso globalizador, muy amigo de una estandarización cultural. Una pregunta
abierta para mí es qué tanto le aporta este fenómeno a la humanidad.
